Huí de allí. Hasta aquel momento no había sentido miedo, pero súbitamente un pavor indescriptible se adueñó de mí. No existía ninguna razón para que tal cosa sucediera, porque la única sensación que me había producido aquel lugar era de paz, pero en mi mente surgió la más apocalíptica de las visiones. Vi que una anciana dama de porte regio salía del bosque y me perseguía en una carrera infernal, y sus ropajes negros ondeaban ominosos al viento. Al instante descarté, no sin inquietud, que algo así pudiese suceder fuera de mi imaginación, pero no pude evitar el impulso supersticioso de mirar hacia atrás. Allí estaba, franqueando bajo el cielo tormentoso el umbral de los últimos árboles del bosque que yo acababa de abandonar. Tuve tiempo de atisbar la ausencia de expresión que lucía su hermoso rostro. No recuerdo nada más, ni siquiera si me dio alcance, pues mis pensamientos se desbocaron.
Tormentas que se acercan. Solo los dioses ven las tormentas así, bellas, desde el aire, flotando entre las nubes. Se saturan los oídos entre el ruido crudo de la incertidumbre. Tan frágiles, tan efímeros que da lástima siquiera seguir adelante. Será el recuerdo del amor en la infancia lo que nos fuerza a tener instintos y sobrevivir aun cuando no queremos. Ingrávidas, mis lágrimas, reflejan los remordimientos como un espejo curvo e infinito. B.
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