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La venganza de la bruja de los bosques

Huí de allí. Hasta aquel momento no había sentido miedo, pero súbitamente un pavor indescriptible se adueñó de mí. No existía ninguna razón para que tal cosa sucediera, porque la única sensación que me había producido aquel lugar era de paz, pero en mi mente surgió la más apocalíptica de las visiones. Vi que una anciana dama de porte regio salía del bosque y me perseguía en una carrera infernal, y sus ropajes negros ondeaban ominosos al viento. Al instante descarté, no sin inquietud, que algo así pudiese suceder fuera de mi imaginación, pero no pude evitar el impulso supersticioso de mirar hacia atrás. Allí estaba, franqueando bajo el cielo tormentoso el umbral de los últimos árboles del bosque que yo acababa de abandonar. Tuve tiempo de atisbar la ausencia de expresión que lucía su hermoso rostro. No recuerdo nada más, ni siquiera si me dio alcance, pues mis pensamientos se desbocaron.

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Con los dedos de la mano y los dedos de los pies la polla y los cojones todos suman veintitres.