En mi bañera vive una araña. Debe de tener el sentido del camuflaje averiado, porque se pasa las horas quieta sobre la superficie blanca, expuesta a los sapos aracnívoros que todas las noches emergen en silencio de las profundidades abisales inodoras. El primer día que la vi la intenté ahogar, pero quedó atrapada en la maraña de pelos que obstruían el desagüe. Cuando consiguió liberarse de mi intento de asesinato, me lanzó una mirada de reproche con sus ocho inteligentes ojos, aunque no exenta de cierta indulgencia ante la ignorancia humana de las leyes de la naturaleza y de la muerte, como diciendo: "Pobres humanos, son los únicos seres vivos que no saben dónde van cuando se mueren. No saben que son el eslabón más bajo de la reencarnación y que serán así de zafios para siempre. No voy a enfadarme por eso". Desde entonces la araña y yo nos observamos el uno al otro algunas tardes, cada uno en sus respectivos hábitats, a cual más artificial. Pronto ellas heredarán la Tierra.
Tormentas que se acercan. Solo los dioses ven las tormentas así, bellas, desde el aire, flotando entre las nubes. Se saturan los oídos entre el ruido crudo de la incertidumbre. Tan frágiles, tan efímeros que da lástima siquiera seguir adelante. Será el recuerdo del amor en la infancia lo que nos fuerza a tener instintos y sobrevivir aun cuando no queremos. Ingrávidas, mis lágrimas, reflejan los remordimientos como un espejo curvo e infinito. B.
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