En su casa de la calle de la Alcaicería de Córdoba, número 17, a Felisa, pescadera de profesión y separada de su marido, se le escapa una ventosidad ligera mientras friega los cacharros. Al mismo tiempo, en su balcón de hierro forjado, menos florido que los del resto de la calle, tres geranios rojos y uno blanco realizan la fotosíntesis.
Tormentas que se acercan. Solo los dioses ven las tormentas así, bellas, desde el aire, flotando entre las nubes. Se saturan los oídos entre el ruido crudo de la incertidumbre. Tan frágiles, tan efímeros que da lástima siquiera seguir adelante. Será el recuerdo del amor en la infancia lo que nos fuerza a tener instintos y sobrevivir aun cuando no queremos. Ingrávidas, mis lágrimas, reflejan los remordimientos como un espejo curvo e infinito. B.
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