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Tragicomedia del venerable

Estaba el profeta Enigmátides tomando una taza de té, cuando de repente algo le sucedió: supo que la isla Gilipollas no existe. Fue un momento de intensa claridad mental, como cuando por la mañana sumerge la cabeza en un cubo de agua helada de los montes de Tracia. Y también supo que él mismo no existía, porque el espacio-tiempo había engullido la vida de quien había pensado en él y lo había creado. Quien lo había creado por el verbo.

-¿Qué dices a esto, cerebro? -inquirió otro alguien mirando al mundo desde otra ventana.
-Hmmm.

Pero volviendo al venerable Enigmátides, cuya ¿"existencia"? había dejado de tener sentido, lo vemos camino de la Galia, pues había decidido recurrir a alguien inmensamente más sabio que él, su amigo Panorámix.
Después de largas semanas de viaje, sin menor incidente que un pequeño problema con la reserva en la posada de Vindobona, llegó al bosque que rodea la aldea de Panorámix. Pero quisieron los hados que ese día paseara Obélix a la caza del jabalí sin la prudente compañía de Astérix y, que al divisar el atuendo de Enigmátides lo confundiera con un romano.
Así fue cómo las inquietudes del profeta desaparecieron bajo un menhir.
Cuando recobró el sentido no había dejado de desconocer quién era, pero esta vez tenía una razón contundente para ello.

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